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“Tres preguntas”

No importa la edad de la pareja, años de casados, si tienen hijos, el momento que son declarados divorciados siempre llega de sorpresa. Fue boda de iglesia, llena de amistades, parientes, flores, damas vestidas de gala, jóvenes en esmoquin, música romántica de fondo. Ahora, para el divorcio una austera sala judicial, sin flores, adornos, sin conocido alguno. Sólo el juez en su tribunal, y la pareja sentada frente a una mesa fría de madera. La única música? El tic tac del reloj en la pared. Primero el juez dicta sobre la custodia de los niños, repartición de bienes, manutención y pensión alimenticia. Antes de declarar el matrimonio disuelto, dirige tres preguntas a los conyugues que ahora están en los últimos minutos de su matrimonio. ¿Han surgido diferencias irreconciliables entre ustedes? ¿Sería inútil si el juez les ofrece terapia matrimonial, o algún otro recurso para lograr la reconciliación? ¿Está el matrimonio tan quebrantado que no hay remedio alguno? Si cualquiera de los dos responde sí a cualquiera de estas preguntas, entonces el juez declara la disolución del matrimonio. Los dos ahora regresan al estado de solteros, y ya no hay paso atrás. ¿Qué? ¿Estos son los mismos que se juraron amor eterno, se besaron tiernamente bajo el altar, gozaron de una apasionada luna miel, juntaron sus fuerzas, lucharon juntos, hicieron hogar, criaron niños…? ¿Qué pasó? ¿Qué causas condujeron a este desenlace tan infeliz e inesperado?
En el tribunal de arriba la humanidad ha puesto una demanda de divorcio contra Dios. ¿Las razones? Marido ausente. Por lo que ni creen que existe. Aun así por todo le echan la culpa: guerras, hambrunas, enfermedades, pandemias, odios, hijos ingobernables, defectos de nacimiento, muchas religiones, pobreza, calentamiento global, efecto invernal, huracanes, accidentes aéreos, hundimientos de barcos repletos de gente. La humanidad quiere divorcio, y de inmediato. Pero mientras nos lamentamos, discutimos, y acusamos a Dios, no nos damos cuenta que somos amados y ya estamos en sus brazos para siempre. Nuestro planeta no se dirige a un catastrófico fin sino a “cielos nuevos y tierra nueva donde mora la justicia”. Por eso Él no nos divorcia. Su testimonio es: “¿Cómo podré abandonarte, mi humanidad, la obra de mi amor? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se enciende toda mi compasión”. ¿La prueba de amor que presenta? Jesucristo en la cruz se hizo carne por nosotros, tomó toda nuestra maldad, nuestros odios y rencores, todo lo sufrió. ¿Por qué? Para presentarnos hoy mismo ante el Juez Eterno “como una novia, llena de esplendor y belleza, pues murió para declararnos puros, sin mancha ni arruga, ni nada semejante” (Efesios 5:27). De esa manera el Dios eterno ni escucha nuestras quejas y lamentos, sino que nos ve como sus amados y perfectos hijos e hijas. ¿Quién no se enamora de un esposo así? Cancela hoy mismo tu demanda de divorcio, y vive eternamente bajo su apasionado amor por ti!
Por: Haroldo Camacho, Ph.D., Intérprete judicial. Informes: haroldocc@hotmail.com

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