Tecnolatría

Tecnolatría

Technolatry

Desde la Ilustración europea del siglo XVIII, que paseó por París a la “diosa razón”, la ciencia fue convirtiéndose en una relativizada religión laica. Sin embargo hoy, siglos después, el culto parece haberse reducido a su aspecto tecnológico. Los sátrapas científicos no dudan en reverenciar cada avance mecánico que ven como un peldaño al paraíso tecnológico.
Jorge Riechmann en “¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista?” afirma por esto que “el mesianismo tecnológico es la modalidad predominante que adopta hoy la ideología del progreso, sostenida en la ilusión de que la tecnociencia nos permitirá rehacer el mundo a nuestra imagen y semejanza”. Esta tecnolatría permitiría “escapar de los límites biofísicos y de la condición humana”. El frenético proceso actual de acumulación de datos sobre el mundo y cada persona va hacia esa meta.
Su principio es sencillo: Lo que es técnicamente posible, debe hacerse, sin límites morales. Lo nuevo es “bueno”, lo transgresor es “heroico” y lo mecánico es “perfecto”.
Por eso buscan entregar el mundo a los algoritmos y la inteligencia artificial, a pesar de que científicos como Christof Koch, del programa MindScope, reconocen que “el aprendizaje automático no es nada más —y nada menos— que un proceso de identificación de patrones en unos datos de entrada y su aplicación a casos nuevos. A la máquina se le entregan datos de ejemplo, y después generaliza a otros nuevos empleando los patrones identificados”. Ni es inteligencia, ni es artificial, es pura mecánica básica.
¿Habrá peligros si sucumbimos a la tecnolatría? Claro que sí. José Manuel Muñoz, de la Universidad de Navarra, escribe sobre los neurodatos: “su uso por parte de compañías y Gobiernos, en combinación con los que dejamos en buscadores y redes sociales, podría suponer una amenaza inaudita para la intimidad individual y una bomba de relojería a nivel social, con consecuencias impredecibles”. Francesca Ferrando, de la Universidad de Nueva York, agrega: “Debemos darnos cuenta del impacto de la tecnología, que no puede entenderse como algo que estamos usando; ya no es solo un medio, es algo con un poder ontológico, que explica lo que significa el ser, la existencia”. Ernesto Carmena completa la idea: “La tecnología podría finiquitar al Homo sapiens, al que sustituirían los poshumanos, seres capaces de dirigir su propia evolución”.
¿Es que todas las personas del siglo XXI hemos hecho de la tecnología nuestro ídolo y hemos autorizado a nuestro gobierno a declararnos seres tecnológicamente obsoletos?

 

 

Since the European Enlightenment of the 18th century, which brought the “goddess of reason” through Paris, science gradually became a relativized secular religion. Yet today, centuries later, the cult seems to have been reduced to its technological aspect. Scientific satraps do not hesitate to revere every mechanical advance that they see as a stepping stone to technological paradise.
Jorge Riechmann in “Did the smartphone defeat the environmental movement?” This is why he affirms that “technological messianism is the predominant modality that the ideology of progress adopts today, sustained in the illusion that technoscience will allow us to remake the world in our image and likeness”. This technolatry would allow “escaping the biophysical limits and the human condition.” The current hectic process of accumulating data about the world and each person is going towards that goal.
Its principle is simple: What is technically possible must be done, without moral limits. The new is “good”, the transgressive is “heroic” and the mechanical is “perfect.”
That is why they seek to hand over the world to algorithms and artificial intelligence, despite the fact that scientists such as Christof Koch, from the MindScope program, recognize that “machine learning is nothing more — and nothing less — than a process of identifying patterns in some input data and its application to new cases. Sample data is given to the machine, and then it generalizes to new ones using the identified patterns ”. It is neither intelligence, nor is it artificial, it is pure basic mechanics.
Will there be dangers if we succumb to technolatry? Yes of course. José Manuel Muñoz, from the University of Navarra, writes about neurodata: “its use by companies and governments, in combination with those we leave on search engines and social networks, could pose an unprecedented threat to individual privacy and a bomb watchmaking at a social level, with unpredictable consequences ”. Francesca Ferrando, from New York University, adds: “We must realize the impact of technology, which cannot be understood as something we are using; It is no longer just a medium, it is something with an ontological power, which explains what being, existence means ”. Ernesto Carmena completes the idea: “Technology could end Homo sapiens, which would be replaced by posthumans, beings capable of directing their own evolution.”
Is it that all the people of the 21st century have made technology our idol and have authorized our government to declare ourselves technologically obsolete?

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