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“Reunificados”

Después de más de veinte años de trabajar en los tribunales pensaría que el dolor humano no me afectaría. Pero todavía siento lágrimas en los ojos cuando el juez dicta que los niños tienen que salir del hogar de sus padres e ingresar a algún hogar de crianza. Esa mirada de profundo dolor en los padres que lo envuelve todo: remordimiento, amor, pesar, sollozos de los más profundos, las mejillas bañadas en lágrimas, ojos tan húmedos y rojos que pareciera no pudieran ver por el velo de lágrimas que los empañan. “No pensé que le iba a pegar tan duro”, “No fue mi intención”, “No lo quise hacer”, “Perdóname, perdóname…” El Tribunal de Menores establece requisitos para que los padres puedan reunificarse con sus hijos. Dan un plazo de seis meses para que vayan a clases para padres, terapias, rehabilitación de drogas. Si no cumplen, el juez puede dictar que los padres han perdido la Patria Potestad sobres sus hijos, y los declara adoptables. El plan ya no es la reunificación sino la adopción por otros padres. Pero cuando los padres cumplen con todos sus programas, los niños se devuelven a su hogar. Entonces hay un gozo sin palabras. El tribunal se convierte en una fiesta de abrazos, besos, felicitaciones, abrazos, y más abrazos.
La Escritura relata la historia del hijo pródigo, muy conocida aun fuera de círculos religiosos. Pero la realidad es que también hay padres que se van del hogar y abandonan a sus hijos con el mismo pretexto del hijo pródigo: “Me voy a gozar la vida”. ¿Cómo puede ser? Si los hijos de uno son el futuro, no hay nada tan valioso como esas tiernas palabras, “Papi, mami”, o sus risas tan alegres, y sus juegos tan inocentes. Hay demasiados padres que le dan las espaldas al mayor tesoro que tienen en sus vidas por ir detrás de basurales. Como el hijo pródigo terminan comiendo de los desperdicios de los puercos… Pero antes de tirar demasiadas piedras, es lo que todos hacemos con Dios, abandonamos los tesoros de la fe para ir a perseguir burbujas. Pero la historia del hijo pródigo – nosotros – no termina con tragedia. Dios se encarnó en la humanidad, y vino a buscarnos y encontrarnos en todos nuestros escondites. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre” (Juan 1:11,12). Tan perdidos estábamos que hasta llegamos al hogar de la muerte. Pero Él se metió hasta en la misma muerte, y de allí nos rescató: “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo. ¡Por gracia sois salvos!” (Efesios 2:5). Hoy, por la sola fe que Dios tiene en lo que hizo en Cristo, te abre las puertas del hogar. Pasa, que es tuyo, ¡para siempre!

Por: Haroldo Camacho, Ph.D., Intérprete Judicial. La columna no pretende dar asesoramiento judicial. Comentarios: haroldocc@hotmail.com

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