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Para la ciencia, el enamoramiento es un proceso de liberación de neurotransmisores y hormonas

• Amor, proceso bioquímico que activa el lado primitivo del cerebro. • La dopamina, la oxitocina y la vasopresina modifican la función cerebral durante la creación de lazos afectivos. • Al principio se acelera el corazón y la respiración, fenómeno en vertebrados e invertebrados. • Luego, un exceso de serotonina proporciona estabilidad, según Óscar Galicia, investigador de la Uia.

Emir Olivares Alonso

El amor modifica el cerebro de los seres humanos. La neurociencia detalla que neurotransmisores que se liberan durante las experiencias amorosas hacen que la estructura cerebral vaya desde etapas primitivas hasta el dominio de la razón, explicó Óscar Galicia, coordinador del laboratorio de neurociencias y académico del departamento de sicología de la Universidad Iberoamericana (Uia).
Desde la perspectiva bioquímica, muchas de las hormonas que se relacionan con las diferentes respuestas emocionales mediante las cuales se manifiesta aquello que se define como amor tienen origen en otros procesos orgánicos: por ejemplo, la oxitocina, hormona que ayuda a establecer lazos afectivos duraderos, también estimula los movimientos uterinos durante el parto.
El investigador dio varios ejemplos de cómo la liberación de los neurotransmisores presentes durante las sensaciones amorosas logran modificar la estructura cerebral. Se ha comprobado que cuando la vasopresina –cuya función es regular la liberación de líquido en los riñones– está presente en altas cantidades en algunas especies de roedores machos, los lleva a formar relaciones monogámicas.
Estas observaciones –dijo– podrían indicar que los lazos afectivos que en especies muy primitivas parten del placer y el reforzamiento funcionan de manera similar en los seres humanos: tal vez los lazos afectivos tengan origen en el placer que genera la liberación primera de dopamina (ampliamente liberada cuando se da todo el proceso del enamoramiento), y después se solidifican por medio de otras hormonas como la oxitocina y la vasopresina (que aparecen con las sensaciones posteriores al enamoramiento).
Durante la primera fase del enamoramiento hay gran liberación de dopamina, por medio de secciones del cerebro como el núcleo accumbens; esta hormona genera aceleración de la frecuencia cardiaca y respiratoria, fenómeno que se presenta tanto en especies vertebradas como invertebradas, por lo que en esta etapa se involucran sobre todo las partes más primitivas del cerebro.
El académico, quien ha dedicado su trabajo de investigación a la expresión del amor y la violencia desde una perspectiva neurocientífica, indicó que esta primera relación bioquímica se mantiene alrededor de unos dos o tres años.

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Tras ese periodo –si la pareja sigue unida– comienzan a operar otros sistemas y viene una cascada de oxitocina y serotonina, hormonas que proporcionan calidez y estabilidad. Cuando esos niveles aumentan la pareja tendría buenas posibilidades de establecer una relación a un mayor plazo. Aunque –acotó– este salto bioquímico no es necesariamente natural a todas las parejas.
La neurotransmisión que va más allá del placer, que se relaciona con propósitos como la estabilidad, el cariño y la protección, ya no depende de estructuras cerebrales tan primitivas. Es justo en esta segunda fase donde el juicio y la razón ocupan un papel importante en la vida de la pareja.
Galicia detalló que cuando un cerebro experimenta amor desde las fases tempranas de su desarrollo alcanza a establecer estructuras que le permiten, de manera más sencilla, acceder a una vida más simple, relajada y feliz.
El cerebro de un niño –aclaró– se codifica alrededor de emociones que consideramos de tipo positivas, a partir del afecto que recibe. Esto se reflejará en mayor capacidad de cimentar lazos afectivos con otras personas en su vida adulta.
Una de las cosas que afectan la capacidad de amar es el desarrollo. Hay personas que no son criadas en ambientes en los que se propician amor y cariño, y muchas veces no tienen la menor idea de cómo hacer para amar a los demás, finalizó el científico de la Uia.

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