“Lo hubiera pensado antes de agarrar el volante”

“Lo hubiera pensado antes de agarrar el volante”

“Señor abogado, es que usted no me comprende. Yo no puedo ir a la cárcel”. “Ricardo, temo que el que no comprende es usted. La vez pasada se le advirtió que tendría que pagar 120 días de cárcel si lo detenían ebrio por tercera vez”. “Pero, ¿acaso usted no puede ver que mi esposa está con siete meses de embarazo? Si me encierran, mi esposa va a quedar en la calle. Ella no trabaja, yo soy el que mantengo a mi familia. ¡Va a dar a luz en la calle! ¿Ustedes quieren sacarla a la calle con mis tres hijos?” “Créame”, contesta el abogado. “Yo le comprendo, estoy de su parte. El problema es la fiscalía, ellos representan la ley, y la ley no siente. La ley no tiene ni una miga de simpatía por el embarazo de su esposa, y el riesgo que su familia quede en la calle”. “Yo sé, pero hable con ellos otra vez. Yo no puedo pagar con cárcel. Yo pago con dinero, trabajo, clases, pero con cárcel, no puedo”. “Ricardo, ya hablamos de esto. ¿Recuerda lo que la fiscalía me respondió cuando yo le dije del problema de su esposa, y que pudieran quedar en la calle?” En ese momento el acusado se quedó mirando una mosca que zumbaba arriba en la esquina de la pequeña sala. “A ver, ¿qué fue lo que dijeron?” El abogado repitió lentamente, “Lo hubiera pensado antes de ponerse detrás del volante”.
La ley es la ley, y no siente ni una miga de simpatía, o felicidad, lástima, o cualquier otra cosa cuando usted la cumple o no la cumple. La ley no lo felicita cuando usted la cumple. La ley no llora cuando usted la quebranta. La ley sólo sabe acusarlo, y dictarle la pena. Y ahora estamos hablando de la Ley de Dios. Y esa ley es tan exigente que al pasarle vista a la conducta de todo ser humano, dicta: “no hay ni uno justo, ni uno que haga el bien”. Por más justo, bueno, y amoroso que parezca, la ley de Dios siempre dará el fallo de: “Incumplido, pecador, condenado a muerte”. ¿Por qué? Porque siempre pudiéramos haber sido más puros, pacientes, amorosos, menos mal hablados. Pero cuando la ley de Dios pasa vista a la vida de Cristo, ahí es cuando la ley siente. Siente vergüenza, queda humillada, avergonzada, se quiere esconder. ¿Por qué? Porque la vida de Cristo superó todas sus exigencias. El amor de Cristo, su pureza, paciencia, bondad avergüenza todas las expectativas de la ley. La perfección de Cristo es infinita y por eso ni hasta la ley alcanza para describir todo lo que Él es. La ley no tiene vida. La vida está en Cristo Jesús. Hoy Él tiene el poder y facultad de decirte, “todo lo que yo soy ante la ley, es tuyo, y por la sola fe. Créelo, es tu pase a la vida después de la muerte…”
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