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“La Niñera Equivocada”

Casi siempre que el Tribunal de Menores ordena quitarle los niños a una madre, la mujer reacciona desesperadamente, con lágrimas, sollozos, suspiros, preguntando ansiosamente cuándo y cómo puede visitar a sus niños. Esta ocasión fue una de las excepciones. La madre, con una plácida mirada apoyaba su cabeza sobre el hombro del joven a su lado. Éste era de aspecto guapo, fornido, ojos castaños claros, cabello en cortos rizos. Su mano acariciaba suavemente la mano de la joven mientras respondían las preguntas del abogado. El incidente que causó la detención de los dos niños, uno de 7 y el otro de 5, se dio a entender poco a poco. Según la parejita, esa noche se fue la luz en la zona debido a una tormenta. Ya que era tarde, decidieron ir a comprar linternas, y dejaron a los niños solos en la casa. Pero, ¿en la casa de quién? En la casa de la esposa del joven tan apuesto. El joven no era el padre de ninguno de los dos niños, ni tampoco el esposo de la madre de los niños. Eran amantes. La esposa del joven trabajaba el turno de la noche y no regresaría hasta la mañana siguiente. Pero la esposa se enfermó y decidió volver a su casa. Cuando abrió la puerta, encontró a dos niños extraños profundamente dormidos en el sofá de su casa. Poco después llegó su marido con la madre de los niños… Se armó el escándalo, llegó la policía, y adiós a los niños.
El Gran Juez de arriba ordenó a su Hijo que viniera a esta tierra a quitarle la potestad a un terrible guardián que nos había secuestrado y esclavizado. Nos tenía abandonados en las tinieblas de esta tierra expuestos a nuestro propio odio, egoísmo e incesante frenesí. El Hijo se hizo carne, y desde un pesebre comenzó a buscarnos hasta encontrarnos en una cruz. Se armó el escándalo, pues muchos se ofenden con la sola idea del “Hijo de Dios”, y mucho más con la cruz, sangre derramada, una vida sacrificada como precio de rescate. Pero sea de quien sea el escándalo es así como fuimos rescatados, y trasladados al Reino del Hijo, donde por su gracia, ya hemos entrado a nuestro nuevo hogar. En este hogar no hay duda de quien sea nuestro Padre. No es necesario prueba de ADN para establecer paternidad. Sólo hay que ver las heridas en sus manos, su lado, y sus pies. Solo hay que entender el profundo cariño paternal y maternal con que nos trata. “No los dejaré huérfanos, estaré con ustedes hasta el fin del mundo. No te dejaré, ni te desampararé. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo por dondequiera que vayas. Mi paz os doy, mi paz os dejo. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.
Por: Haroldo Camacho, Ph.D., Traductor Judicial. Historia modificada para proteger identidades. Informes: haroldocc@hotmail.com.

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