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La Guitarra que Lo Mando a la Cárcel

Era un matrimonio de 17 años. Él tocaba la guitarra. Ese domingo los dos estaban solos en el patio. Ella colgaba la ropa, él tarareaba una canción de despecho con la guitarra. “¿Y por qué cantas esa canción?”, le preguntó su esposa. “Porque yo sé que me estás engañando. Tienes un amante, ¿quién es?”, respondió el guitarrista. “¿Cómo se te ocurre? No digas eso. Siempre te he sido fiel”, respondió la esposa mientras colgaba una de sus camisas. “Lo único que no sé, es el nombre, ¡dime quien es o te rompo la cara!” “Mi amor, ¿qué te pasa? ¡No te pongas así!” La discusión fue subiendo de tono, hasta que él se paró frente ella, con la guitarra como su fuera un bate de béisbol. “¡Dime quién es!” “Que no hay nadie, mijo pero…” No pudo terminar lo que decía. El hombre lanzó la guitarra contra ella. Por instinto ella protegió su cara con su brazo. Un filo de la guitarra golpeó contra el brazo de la mujer y otro filo rebotó contra su cabeza. Al instante sangró el cuero cabelludo. El antebrazo colgaba inútilmente. El hombre corrió fuera del apartamento mientras ella acudió a la vecina. En Emergencias le tomaron nueve puntadas en la cabeza, y la radiografía mostró una fractura oblicua del cúbito. Ahora en el tribunal, el hombre, ya preso, alegaba a su abogado que ¡todo había sido un accidente! La esposa pedía que le pusieran todos los cargos posibles por atentar contra su vida.
Nuestro Esposo en los cielos nos canta otra canción a pesar de toda traición, perversidad, desprecio, incredulidad, Él nos sigue amando. Dice la Escritura, “tuve compasión de ti, y te amé con amor eterno”. En vez de lanzar su ira contra nosotros, Él “nos lleva a su sala de banquetes, despliega sobre nosotros su bandera, y allí nos cubre con sus besos” (Cantares 2:4). Pero antes, Él mismo lleva nuestro castigo. “Él fue herido por nuestras rebeliones, sufrió en nuestro lugar, gracias a sus heridas recibimos la paz… Dios hizo recaer sobre Él, el castigo que merecíamos (Isaías 53). Ese Esposo nos conviene. En vez de violencia contra nosotros, Él mismo la sufrió en su propio cuerpo sobre la cruz. En vez de cantos de despecho, canciones de amor eterno . En vez de condenación, nos justifica, nos declara que somos puros, santos, y perfectos. Con su amor, conquista nuestro corazón. Y no es que seguimos siendo perfectamente fieles. Muchas veces nuestro corazón duda de su amor, hasta de su existencia. Pero no nos reprocha. Mas bien nos perdona, nos abraza, nos guía y protege con su Espíritu que siempre vela por nosotros con un amor constante, que saca de nuestro corazón ¡gritos y lágrimas de alegría! Contra tal amor no hay ley que condene, sino ¡gracia que pone canciones de amor en nuestros labios! ¡Atrévete a creer y confiar en ese amor!
Por: Haroldo Camacho, Ph.D., Traductor judicial. Historia modificada para proteger identidades. Informes: haroldocc@hotmail.com.

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