La conquista del cerebro

La conquista del cerebro

The Conquest of the Brain

En las últimas décadas el mundo ha entrado en una afiebrada carrera por descubrir los misterios del cerebro. Las élites políticas parecen haberle dado prioridad a esta meta y no han dudado en abrir generosamente las arcas estatales para financiar todos los experimentos posibles. China, Japón, Europa y los Estados Unidos son los principales protagonistas.
Cuando se pregunta por qué el conocimiento del cerebro ha desatado tanta pasión, la respuesta es clásica y repetitiva, casi como un mantra: “para curar enfermedades y beneficiar a mucha gente”. La mayoría se muestra satisfecho con esta respuesta y algunos hasta suspiran de admiración por tanta benignidad social. La realidad, sin embargo, puede ser muy diferente.
Desde que, en 1928, el sobrino de Freud, Edward Bernays, publicara su libro “Propaganda”, los gobiernos empezaron a impulsar técnicas masivas de moldeado de la opinión pública denominadas inicialmente «ingeniería del consentimiento». Su propósito era claro, según lo manifiesta Bernays: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas”. Uno de sus primeros resultados efectivos fue convencer a la opinión pública norteamericana de que había que entrar en la Segunda Guerra Mundial.
Pasada la guerra, los avances en “ingeniería social” no sólo no cesaron, sino que se hicieron más intensos, bajo la justificación de la guerra fría. Daniel Estulin anota que: “El 13 de abril de 1953 se creó MKULTRA [un programa de la CIA], con la finalidad expresa de investigar y desarrollar materiales químicos, biológicos y radiológicos que habrían de emplearse en operaciones clandestinas, que fueran capaces de controlar o modificar la conducta humana”. Este programa secreto fue más adelante descubierto y documentado por el Congreso de EE.UU. en agosto de 1977.
Aun así, los experimentos continuaron bajo otros nombres y métodos, pero se han concentrado ahora en el estudio del cerebro, entendido este como la clave del control social. Un reciente artículo de la revista The Economist (“Investigación con primates. El negocio de los monos” 24.07.2021) lo dice con claridad: “Explorar el funcionamiento del cerebro es un equivalente del siglo XXI a la exploración de los confines del planeta”. Se queja, por tanto, de que Europa y Estados Unidos limiten los experimentos en los cerebros de monos, por razones éticas, mientras China y Japón toman la delantera. Y agrega: “Los generales creen que los avances en neurociencia pueden ayudarles a construir mejores armas […] ayudarán a diseñar la inteligencia artificial”.

 

 

In recent decades the world has entered a feverish race to uncover the mysteries of the brain. Political elites seem to have prioritized this goal and have not hesitated to generously open state coffers to fund all possible experiments. China, Japan, Europe, and the United States are the main protagonists.
When asked why the knowledge of the brain has unleashed so much passion, the answer is classic and repetitive, almost like a mantra: “to cure diseases and benefit many people.” Most are satisfied with this answer and some even sigh in admiration for such social benignity. The reality, however, can be very different.
Since Freud’s nephew Edward Bernays published his book “Propaganda” in 1928, governments began to push for massive techniques of shaping public opinion, formerly known as “consent engineering.” Its purpose was clear, according to Bernays: “The conscious and intelligent manipulation of the organized habits and opinions of the masses.” One of his first effective results was to convince American public opinion that World War II had to be entered.
After the war, the advances in “social engineering” not only did not stop, but they became more intense, under the justification of the cold war. Daniel Estulin notes that: “On April 13, 1953, MKULTRA [a CIA program] was created, with the express purpose of researching and developing chemical, biological and radiological materials that were to be used in clandestine operations, which could be controlled or modified human behaviour.” This secret program was further advanced and documented by the US Congress in August 1977.
Even so, the experiments continued under other names and methods, but they have now concentrated on the study of the brain, understood as the key to social control. A recent article in The Economist magazine (“Research with primates. The monkey business” 07.24.2021) puts it clearly: “Exploring the brain is a 21st century equivalent of exploring the ends of the planet.” He complains, therefore, that Europe and the United States limit experiments on monkey brains, for ethical reasons, while China and Japan take the lead. And he adds: “Generals believe that advances in neuroscience can help them build better weapons […] they will help design artificial intelligence.”

Share