<!--:es-->“El amor de un desconocido”<!--:-->

“El amor de un desconocido”

Un joven de 25 años se presentó a juicio acusado de complicidad con una pandilla en la muerte de un pandillero. Durante el juicio su abogado alegaba que no había complicidad alguna. El muchacho solo había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. Ahora esperaba el fallo del jurado. Era un padre joven con esposa y dos pequeños menores de cinco años. Con muchas ansias se confiaba en un fallo de “No culpable”. Pero el fallo lo tumbó con la fuerza de un poderoso terremoto: “Culpable”. Sentencia: Diez años de prisión. Si se portaba bien tan solo cumpliría la mitad. Su cuerpo se sacudía de pesar mientras lo llevaban en amarras y esposado fuera de la sala a cumplir la sentencia.
Una señora de la comunidad que había seguido el caso, se presentó sorpresivamente semanas después a la prisión para visitarlo. “Traje a tu esposa y tus niños para que te visiten. Te darán permiso y podrás estar con ellos varias horas. “Pero, ¿quién es usted? Por qué está haciendo esto?” “Eso no importa, tu familia te espera para la visita.” Y así comenzó una larga amistad entre esta desconocida, el joven preso, su esposa y sus niños”. Hasta el día de hoy mensualmente, sin falta alguna siguen las visitas. Todo por la misericordia y gracia inesperada de una persona desconocida.
Hace dos mil años se presentó un joven desconocido a la familia humana y proclamó:
“El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me eligió y me envió para dar buenas noticias a los pobres, para anunciar libertad a los prisioneros, para devolverles la vista a los ciegos, para rescatar a los que son maltratados y para anunciar a todos que: “¡Éste es el tiempo que Dios eligió para darnos salvación!” (Lucas 4:18,19).
Él no sólo vino a visitarnos y consolar a la familia humana con su compasión por los pobres, los abandonados, los enfermos. Vino a tomar nuestro lugar en la sentencia de muerte que colgaba sobre nosotros en la cárcel de este mundo. Pero con el poder de su inocencia abrió las puertas de la cárcel de la muerte, y con su resurrección nos abrió las puertas del cielo de par en par. Hoy por la fe podemos vivir libres de condenación, libres del temor de la muerte, libres de todas las mentiras que se puedan decir contra nosotros. En Él tenemos una nueva familia, la familia de todos los perdonados. Su visita hace dos mil años nos tomó por sorpresa. De igual manera hoy muchos se sorprenden cuando escuchan esta buena nueva. “Estoy aquí para visitarte. Te traigo a una nueva familia. Te traigo pan fresco para tu vida, agua pura y eterna para que bebas. Mira, te abro las puertas de la cárcel para que vengas conmigo. Ven, sígueme”.
Por: Haroldo Camacho, Ph.D., Intérprete Judicial Certificado. Detalles han sido modificados para proteger identidades. Informes: haroldocc@hotmail.com

Share