El absoluto y los relativos

El absoluto y los relativos

The absolute and the relative ones

El cambio histórico que se produjo desde la aceptación generalizada de la verdad como realidad objetiva y categórica, hasta su total transformación en ideas subjetivas y cambiantes, ha sido tan colosal como mayoritariamente desapercibido. Son pocos los que tienen esa sensación visceral de que algo grande ha pasado, que algo anda mal, aunque no logran definir qué es.
Pero los efectos del cambio son tan radicales y profundos que, a partir de estos, se podría dividir toda la historia humana en dos partes fundamentales: la era del absoluto y la era de los relativos. La primera, llena de certezas, valores y significados, y la segunda, llena de dudas, contradicciones y vacío. Hoy estamos en esta segunda parte.
El combustible para este cambio copernicano tiene al menos dos fuentes. Por un lado, la decepción por los excesos que la élite de la primera era cometió contra sus propios principios y, por otro, el ansia humanista de autonomía, de “liberarse” de todo lo que el absoluto representa. Esto llevó al hombre a “matar” a Dios y declararse a continuación dios de sí mismo. Pensó que alcanzaría con esto su máximo potencial, pero eso no pasó. En el camino, el hombre no sólo perdió la seguridad del absoluto, sino también la certeza de la verdad y de su propia realidad. El resultado no fue un nuevo absoluto, sino infinitos relativos.
Eso lo cambió todo. Hoy, cuando los adultos le dicen a un niño o adolescente “ésta es la verdad”, eso significa para ellos algo muy diferente a lo que se les está diciendo. Es necesario entender que para las nuevas generaciones ya no existe LA verdad. Sólo existe “tú verdad” o “una verdad”. Sus mentes ya no piensan en términos absolutos, sino relativos. Y esto explica en gran parte el abismo de incomprensión que hoy separa generaciones de una forma jamás vista. Padres e hijos se miran con tremenda extrañeza, como si ambos fueran seres de distintos planetas o de distintas realidades.
Y, ciertamente, no están muy lejos de eso. La generación que vivió en el absoluto es incompatible con la generación que ahora vive en los relativos. Unos pueden alzar su mirada sin temor a la majestuosidad absoluta de la Creación y mostrar agradecimiento por ella, pero los otros sólo alcanzan a mirarse confusos a sí mismos, en un infructuoso intento por explicar todo a partir de su particular y subjetiva relatividad.

 

The historical change that occurred from the general acceptance of truth as objective and categorical reality, to its total transformation into subjective and changing ideas, has been as colossal as it is largely unnoticed. Few people have that visceral feeling that something big has happened, that something is wrong, although they cannot define what it is.
But the effects of change are so radical and profound that, based on these, all human history could be divided into two fundamental parts: the age of the absolute and the age of the relative. The first, full of certainties, values ​​and meanings, and the second, full of doubts, contradictions and emptiness. Today we are in this second part.
The fuel for this Copernican change has at least two sources. On the one hand, the disappointment at the excesses that the elite of the first era committed against their own principles and, on the other, the humanist desire for autonomy, to “free” from everything that the absolute represents. This led man to “kill” God and then declare himself the god of himself. He thought that this would reach his full potential, but that did not happen. Along the way, man not only lost the security of the absolute, but also the certainty of the truth and of his own reality. The result was not a new absolute, but relative infinities.
That changed everything. Today, when adults say to a child or adolescent “this is the truth”, that means something very different to them than what is being said to them. It is necessary to understand that for the new generations THE truth no longer exists. There is only “your truth” or “a truth”. Their minds no longer think in absolute terms, but relative. And this largely explains the abyss of misunderstanding that today separates generations in a way never seen before. Parents and children look at each other with tremendous surprise, as if both were beings from different planets or from different realities.
And they are certainly not far from that. The generation that lived in the absolute is incompatible with the generation that now lives in the relative ones. Some can raise their gaze without fear to the absolute majesty of Creation and show gratitude for it, but others only manage to look confused at themselves, in an unsuccessful attempt to explain everything from their particular and subjective relativity.

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