Distopía

Distopía

Dystopia

Todo está cambiando. Y poco a poco, sin quererlo, o aun a pesar de nuestra instintiva rebelión al respecto, se nos obliga a percibirlo.
Por todos lados está surgiendo un mundo nuevo y extraño. Un mundo líquido, amorfo, disolvente, que nos llena de incertidumbre sobre el futuro y del cual nos sentimos alienados.
Las voces oficiales lo llaman “progreso”, los medios de desinformación lo etiquetan de “nueva normalidad”, pero cada vez son más los que entienden que se trata de una nueva distopía, de los estertores del humanismo.
Tenía que pasar tarde o temprano. El infundado optimismo del hombre materialista y relativista no podía durar para siempre. Ya en el siglo XX el humanismo había manifestado sus profundas crisis existenciales, sus contradicciones infinitas y su caída libre hacia la decadencia. Pero, aun así, resucitó tercamente su petulancia. Hoy se engaña a sí mismo con el sueño del tecnofuturo majestuoso que lo convertirá en una “especie interplanetaria”. Se niega a ver la realidad.
Lo que se viene no será humano. Ni siquiera será “transhumano” o “posthumano”. Lo que viene será ANTI-humano.
No implicará una etapa superior, un avance, ni mucho menos una “evolución”. La distopía que estamos empezando a vivir es la negación de lo que somos, la antítesis de nuestra esencia y destino, y el preludio de nuestro final.
Las señales son claras. Este nuevo mundo, que cada día crece más, exalta la relatividad y desecha los absolutos, claudica a lo pasajero y destierra lo permanente, nos reduce a materia y anula el espíritu, se centra en el placer y amputa la trascendencia, multiplica la comunicación y deja de lado las verdaderas relaciones.
Esta distopía confunde la experiencia con la felicidad, la conexión virtual con la conexión real, la apariencia con la esencia, la información con el conocimiento, los contactos con la familia, el entretenimiento con la sabiduría y los sentidos físicos con el alma. Es un mundo de hedonismo, de sensualidad y de aislamiento, donde el precio de la inmersión es la entrega de la independencia y donde el control de los datos anula la privacidad.
Aquí prima la manipulación y la sumisión, el vacío y las libertades conculcadas. Es el mundo de la élite que controla sus súbditos, de la dictadura empresarial que tritura la democracia y de la diversidad espiritual que estigmatiza al cristianismo.
Hemos entrado, amigos, en la distopía de lo falso presentado como lo verdadero.

 

Everything is changing. And little by little, without wanting to, or even despite our instinctive rebellion about it, we are forced to perceive it.
Everywhere a strange new world is emerging. A liquid, amorphous, dissolving world that fills us with uncertainty about the future and from which we feel alienated.
Official voices call it “progress”, the disinformation media label it a “new normal”, but more and more people understand that it is a new dystopia, the death throes of humanism.
It had to happen sooner or later. The unfounded optimism of the materialistic and relativistic man could not last forever. Already in the 20th century, humanism had manifested its deep existential crises, its infinite contradictions and its free fall towards decadence. But even so, he stubbornly resurrected his petulance. Today he deludes himself with the dream of the majestic techno-future that will turn him into an “interplanetary species.” Refuses to see reality.
What is coming will not be human. It won’t even be “transhuman” or “posthuman.” What is coming will be ANTI-human.
It will not imply a higher stage, an advance, much less an “evolution”. The dystopia that we are beginning to live is the denial of who we are, the antithesis of our essence and destiny, and the prelude to our end.
The signs are clear. This new world, which grows more every day, exalts relativity and rejects the absolutes, surrenders to the passing and banishes the permanent, reduces us to matter and annuls the spirit, focuses on pleasure and amputates transcendence, multiplies communication and put aside real relationships.
This dystopia confuses experience with happiness, virtual connection with real connection, appearance with essence, information with knowledge, contacts with family, entertainment with wisdom, and physical senses with the soul. It is a world of hedonism, sensuality and isolation, where the price of immersion is the delivery of independence and where control of data overrides privacy.
Here, manipulation and submission, emptiness and violated freedoms prevail. It is the world of the elite that controls its subjects, of the corporate dictatorship that crushes democracy, and of the spiritual diversity that stigmatizes Christianity.
We have entered, friends, into the dystopia of the false presented as the true.

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