3 Formas de Ser Más Racional este Año según Steven Pinker, profesor de Harvard

3 Formas de Ser Más Racional este Año según Steven Pinker, profesor de Harvard

3 Ways to Be More Rational This Year According to Steven Pinker, Harvard Professor

1. Tu futuro “tú”
Cuando las personas comparan lo que “piensan” con lo que “sienten”, a menudo lo que tienen en mente es la diferencia entre el disfrute inmediato y el de largo plazo.
Por ejemplo, un banquete ahora y un cuerpo delgado mañana; una baratija hoy y dinero suficiente para cuando llegue el día de pagar el alquiler; una noche de pasión y lo que puede traernos la vida nueve meses después.
En un episodio de “Los Simpson”, Marge le advierte a su esposo que se arrepentirá de su conducta, y él responde: “Eso es un problema para el Homero del futuro. No envidio a ese tipo”.
Esto plantea una pregunta: ¿deberíamos sacrificarnos ahora para beneficiarnos a nosotros mismos en el futuro?
Y la respuesta es: no necesariamente.
“Descontar el futuro”, como lo llaman los economistas, es hasta cierto punto racional.
Por eso insistimos en los intereses bancarios, para compensarnos por entregar efectivo ahora para tener efectivo más tarde.
Después de todo, tal vez muramos y nuestro sacrificio haya sido en vano. Como advierte la pegatina que llevan algunos autos: “La vida es corta. Cómete el postre primero”.
Tal vez la recompensa prometida nunca llegue, como cuando un fondo de pensiones quiebra.
Y, después de todo, solo se es joven una vez. No tiene sentido ahorrar durante décadas para comprar un costoso sistema de sonido en una edad en la que ya no puedes notar la diferencia.
Por tanto, nuestro problema no es que descartemos el futuro, sino que lo descartamos abruptamente.
Comemos, bebemos y nos regocijamos como si nos fuéramos a morir en unos pocos años.
Sabemos que en algún momento deberíamos empezar a ahorrar para los días difíciles, pero nos aventamos a gastar el dinero que tenemos.
La lucha entre un “yo” que prefiere una pequeña recompensa ahora y un “yo” que se inclina por una recompensa más grande después está entretejida en la condición humana. Y hace mucho que se representa en el arte y en los mitos.
Está la historia bíblica de Eva comiendo la manzana a pesar de la advertencia de Dios de que ella y Adán serán expulsados del paraíso si lo hace.
Está el saltamontes de la fábula de Esopo, que pasó el verano tocando música y cantando mientras la hormiga trabaja para almacenar comida, y en invierno se encuentra pasando hambre.
Pero la mitología también ha representado una famosa estrategia de autocontrol. Odiseo se ató al mástil para que no pudiera ser atraído por la seductora canción de las sirenas.
Es decir, nuestro “yo” presente puede ser más astuto que un “yo” futuro al restringir sus opciones.
Cuando estamos satisfechos podemos deshacernos del chocolate para que cuando tengamos hambre no lo tengamos a la mano.
Cuando aceptamos un trabajo, autorizamos a nuestros empleadores a diezmar parte de nuestro salario para la jubilación, para que no tengamos excedentes que gastar a fin de mes.

2. “Parece una comadreja”
Hamlet no fue el único observador del cielo que vio cosas en “aquellas nubes”. Es un pasatiempo de nuestra especie.
Buscamos patrones en el caleidoscopio de la experiencia porque pueden ser signos de una causa o agente oculto. Pero esto nos deja vulnerables a alucinaciones o falsas causas.
Cuando los eventos ocurren de manera fortuita, inevitablemente se agruparán en nuestras mentes, a menos que haya algún proceso no aleatorio que los separe.
Así, cuando experimentamos eventos fortuitos en la vida, es probable que pensemos que las cosas malas suceden de a tres, que algunas personas nacen bajo una mal signo o que Dios está probando nuestra fe.
El peligro radica en la idea misma de “aleatoriedad”, que en realidad son dos ideas.
La aleatoriedad puede referirse a un proceso anárquico que arroja datos sin ton ni son, como el lanzamiento de un dado o de una moneda.
Pero también puede referirse a los datos en sí mismos, cuando es difícil agruparlos de alguna manera.
Por ejemplo, si lanzamos una moneda y da “cara, sello, sello, cara, sello, cara” parece aleatorio, mientras que “cara, cara, cara, sello, sello, sello” no, porque el segundo se puede comprimir en “tres caras, tres sellos”.
La gente cree que la segunda secuencia es menos probable, aunque lo cierto es que ambas son igual de probables.
Incluso pueden apostar a que después de una larga serie de caras, la moneda caerá en sello, como si tuviera memoria y un deseo de parecer justa. Esa es la llamada falacia del jugador.
A menudo pasamos por alto que un proceso aleatorio puede generar datos de apariencia no aleatoria. De hecho, está garantizado que eso ocurrirá todo el tiempo.
Nos impresionan las coincidencias porque nos olvidamos de la cantidad de formas en las que pueden ocurrir.
Por ejemplo, si estás en una fiesta con 24 invitados, ¿cuál es la probabilidad de que dos cumplan años el mismo día?
La respuesta es “más de 50-50”. ¡Y con 60 invitados, es el 99%!
Las probabilidades altas nos sorprenden porque sabemos que es poco probable que un invitado al azar comparta nuestro cumpleaños o cualquier otro cumpleaños.
Lo que olvidamos es cuántos cumpleaños hay —366 en algunos años— y por lo tanto cuántas oportunidades hay para las coincidencias.
La vida está llena de estas oportunidades.
Quizás la matrícula del auto que tengo delante coincide con parte de mi número de teléfono al revés. Quizás un sueño o un presentimiento se haga realidad; después de todo, miles de millones de sueños flotan en la mente de las personas todos los días.
El peligro de sobreinterpretar las coincidencias explota cuando las hacemos notar después de que haya ocurrido un hecho, como el psíquico que se jacta de una predicción correcta escogida de entre una larga lista de errores que espera que todos hayan olvidado. A eso se le conoce como la falacia del francotirador de Texas, refiriéndose a quien dispara una bala contra una pared y luego pinta una diana circular alrededor del agujero para que parezca que es un gran tirador.
Detectar patrones es especialmente tentador cuando elegimos el patrón solo después de haberlo mirado. Cuando decimos, como Hamlet con sus nubes, si es una comadreja, un camello o una ballena.
La sobreinterpretación de la aleatoriedad es un riesgo cuando se monitorea el camino aleatorio de los mercados financieros, mientras que resistir la tentación brinda una oportunidad para el inversionista con conocimientos cognitivos.
También brinda la oportunidad de vivir una vida propia: evitar pensar que todo sucede por una razón y evitar guiar sus elecciones personales por razones que no existen.

3. Estar en lo correcto o hacer lo correcto
Siempre que participamos en una discusión intelectual, nuestro objetivo debe ser converger en la verdad. Pero los humanos somos primates y, a menudo, el objetivo es convertirse en el polemista alfa.
Se puede hacer de manera no verbal: la postura arrogante, la mirada dura, la voz profunda, el tono perentorio, las interrupciones constantes y otras demostraciones de dominio.
La dominación también se puede perseguir en el contenido de una discusión, utilizando una serie de trucos sucios diseñados para hacer que un oponente parezca débil o tonto.
Algunos ejemplos:

Argumentar ad hominem: atacar a la persona en lugar del argumento en sí
Derribar a un “hombre de paja”: distorsionar el argumento de la otra persona y luego atacar la distorsión
Culpa por asociación: en lugar de exponer las fallas de un argumento, llamar la atención sobre personas de mala reputación que simpatizan con ese argumento

El combate intelectual, sin duda, puede ser un deporte emocionante para los espectadores. Los lectores de revistas literarias saborean las fulminantes réplicas entre gladiadores intelectuales.
En YouTube es popular el tipo de videos en el que un héroe “destruye” o “derriba” a un desventurado que lo cuestiona.
Pero si el objetivo del debate es aclarar nuestra comprensión sobre un tema, en lugar de inclinarnos ante un alfa, deberíamos encontrar formas de controlar estos malos hábitos.
Todos podemos promover la razón cambiando las costumbres de la discusión intelectual, de modo que la gente trate sus creencias como hipótesis que deben probarse, en lugar de eslóganes que deben defenderse.
Línea
*Steven Pinker es profesor de psicología en la Universidad de Harvard.

 

1. Your future “you”
When people compare what they “think” with what they “feel,” often what they have in mind is the difference between immediate and long-term enjoyment.
For example, a feast now and a slim body tomorrow; A trinket today and enough money for when the day comes to pay the rent; a night of passion and what life can bring us nine months later.
In an episode of “The Simpsons”, Marge warns her husband that he will regret his behavior, and he responds: “That is a problem for the Homer of the future. I don’t envy that guy. “
This raises a question: should we sacrifice now to benefit ourselves in the future?
And the answer is: not necessarily.
“Discounting the future,” as economists call it, is up to a point rational.
That is why we insist on bank interest, to compensate ourselves for handing over cash now to have cash later.
After all, we may die and our sacrifice has been in vain. As the sticker on some cars warns: “Life is short. Eat dessert first. “
Perhaps the promised reward will never come, like when a pension fund goes bankrupt.
And after all, you’re only young once. There is no point saving for decades to buy an expensive sound system at an age when you can no longer tell the difference.
Therefore, our problem is not that we dismiss the future, but that we abruptly dismiss it. A2
We eat, drink and rejoice as if we are going to die in a few years.
We know that at some point we should start saving for the hard days, but we jump in and spend the money we have.
The struggle between a “me” who prefers a small reward now and a “me” who favors a larger reward later is woven into the human condition. And it has been represented in art and myth for a long time.
There is the biblical story of Eve eating the apple despite God’s warning that she and Adam will be expelled from paradise if she does.
There is the grasshopper in Aesop’s fable, who spent the summer playing music and singing while the ant works to store food, and in winter is starving.
But mythology has also represented a famous strategy of self-control. Odysseus tied himself to the mast so that he could not be lured by the seductive song of the sirens.
That is, our present “me” can outsmart a future “me” by narrowing down its options.
When we are satisfied we can get rid of the chocolate so that when we are hungry we do not have it on hand.
When we accept a job, we authorize our employers to tithe part of our salary for retirement, so we don’t have a surplus to spend at the end of the month.

2. “It looks like a weasel”
Hamlet was not the only sky watcher to see things in “those clouds.” It is a hobby of our kind.
We look for patterns in the kaleidoscope of experience because they may be signs of a hidden cause or agent. But this leaves us vulnerable to hallucinations or false causes.
When events happen haphazardly, they will inevitably cluster in our minds, unless there is some non-random process separating them.
Thus, when we experience fortuitous events in life, we are likely to think that bad things happen in pairs, that some people are born under a bad sign, or that God is testing our faith.
The danger lies in the very idea of ​​“randomness”, which are actually two ideas.
Randomness can refer to an anarchic process that throws data without rhyme or reason, such as the toss of a die or a coin.
But it can also refer to the data itself, when it is difficult to group it in some way.
For example, if we flip a coin and it gives “heads, stamps, stamps, heads, stamps, heads” it seems random, while “heads, heads, heads, stamps, stamps, stamps” does not, because the second can be compressed into “ three faces, three stamps ”.
People believe that the second sequence is less likely, although the truth is that both are just as likely.
They can even bet that after a long series of heads, the coin will land on seal, as if it had memory and a desire to appear fair. That is the so-called gambler’s fallacy.
We often overlook that a random process can generate non-random-looking data. In fact, that is guaranteed to happen all the time.
We are impressed by coincidences because we forget how many ways they can occur.
For example, if you are at a party with 24 guests, what is the probability that two will have their birthday on the same day?
The answer is “over 50-50”. And with 60 guests, it’s 99%!
The high odds surprise us because we know that a random guest is unlikely to share our birthday or any other birthdays.
What we forget is how many birthdays there are —366 in some years — and therefore how many opportunities there are for coincidences.
Life is full of these opportunities.
Maybe the license plate on the car in front of me matches part of my phone number backwards. Perhaps a dream or a feeling will come true; after all, billions of dreams float through people’s minds every day.
The danger of overinterpreting coincidences explodes when we point them out after an event has occurred, like the psychic bragging about a correct prediction chosen from a long list of errors that he hopes everyone has forgotten.
This is known as the Texas sniper fallacy, referring to someone who shoots a bullet into a wall and then paints a circular target around the hole to make it look like they are a great marksman.
Spotting patterns is especially tempting when we choose the pattern only after we have looked at it. When we say, like Hamlet with his clouds, if he is a weasel, a camel or a whale.
Overinterpreting randomness is a risk when monitoring the random path of financial markets, while resisting temptation provides an opportunity for the cognitively savvy investor.
It also provides the opportunity to live a life of your own – avoid thinking that everything happens for a reason, and avoid guiding your personal choices for reasons that don’t exist.

Share